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La brújula que perdió el Norte

mujer joven sufriendo ansiedad
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La brújula que perdió el norte

Cada mañana, a la misma hora, suena ese maldito despertador. Yo abro los ojos y del resto se encarga la inercia. Cada día pareciera ser el mismo, así que no tiene demasiada pérdida. Salvo la mía.

Solo tengo que caminar en círculos, insistía, sin perder el Norte. Repitiendo cada paso porque así, al menos, podría volver. Volver a la seguridad de la costumbre. Dolorida, pero sostenida, como si así no pudiera desplomarme. 

Un día tras otro. Y, así, un día más.

Cada persona tiene una historia. Y cada historia, un aprendizaje.

Esa es una de las razones por las que encontramos diferentes respuestas entre personas con vivencias o entornos similares. Se trata de factores de aprendizaje junto a otros, como genéticos, sociales y culturales. Los diferentes aprendizajes, acumulados a lo largo de nuestra vida, son una de las diversas variables que conforman la estructura en la que se apoyan las valoraciones que emitiremos de los diferentes eventos. Y apoyándonos en la seguridad del conocimiento que aporta la experiencia, reaccionaremos ante aquello que recordamos, que ocurre o podría suceder, de una determinada manera. Así, en algunos momentos, nos dejamos arrastrar por una vorágine de pensamientos, afincados en nuestro repertorio de respuestas que entendemos como protectoras. Pero que, en realidad, podrían estar generándonos desde síntomas depresivos hasta ansiosos, entre otros. Simplemente, hemos aprendido a sobrevivir ante una situación que nos resulta amenazadora. Y lo hacemos construyendo creencias que condicionan nuestra conducta y que podrían hacernos tambalear mental, física o socialmente.

“Yo no estoy tan mal. Todavía puedo aguantar.”

La capacidad para soportar el sufrimiento puede ser enorme. Podríamos aparentar ante los demás o, incluso, ante nosotros mismos, que ese dolor no es devastador. Hasta que un día te arrebata el control sobre ti. Te hace vulnerable al padecimiento de todo tipo de enfermedades, llegando incluso a distorsionar tu autoconcepto. Y es entonces cuando dejas de reconocerte a ti mismo. Y piensas, sientes y haces cosas sin realmente entender la razón. Perdiendo el sentido. Perdiendo el equilibrio. Perdiendo el oxígeno. Perdiéndote a ti mismo.

El costo emocional de “aguantar” es demasiado alto para dejarlo estar, ya que compromete nuestra salud mental. Y con ella, nuestro bienestar.

El dolor es parte de la vida. Durante algunas etapas de ésta nos acompaña para decirnos algo. Sin embargo, en ocasiones el sufrimiento nos lleva a un malestar tan profundo que puede bloquearnos, perjudicando nuestra calidad de vida. Y es esta, precisamente, un indicativo del bienestar psicológico de la persona. Siendo así, personas sin trastornos psicológicos pueden tener percepciones disfuncionales de la realidad, llegando a emitir conductas que tienen un impacto negativo en su vida.

mujer toma un café mientras piensa en sus problemas psicológicos

Las brújulas también se desorientan

Las mediciones de una brújula son válidas solo cuando el norte magnético corresponde con el norte geográfico, es decir, en gran parte del planeta. Excluyendo las zonas polares. Allí su utilidad es nula. Salvo si las brújulas son calibradas en cada hemisferio. En ese caso, tu destino no estará perdido.

Al igual que las brújulas, en determinadas situaciones debemos evaluar y redirigir nuestros pensamientos. Porque aquellos que en unas circunstancias nos ayudaron, pueden no estar haciéndolo ahora, convirtiéndose así en pensamientos disfuncionales. Estos nos harán entrar en un bucle de malestar, ya que favorecen recuerdos y percepciones de aquellos estímulos congruentes con esquemas erróneos que configuramos en el pasado. Es decir, emites conclusiones erróneas que consideras válidas de una realidad basándote en patrones de pensamiento que conllevan interpretaciones inexactas y emociones desagradables. Tu mente compara esa información con otros aspectos no distorsionados que alguna vez percibiste y recuerdas. El resultado es la vivencia de señales desagradables, síntomas tanto físicos como mentales, que indican un estado desadaptativo.

El principio del final: comprender el origen.

Los pensamientos que hoy son disfuncionales no surgieron de la nada. Es más, tuvieron sentido en el momento que aparecieron por primera vez:

Desaprender para aprender, esa es la cuestión.

El comportamiento humano es complejo aunque, en principio, el aprendizaje inicial pueda resultar de una básica asociación entre estímulos, reacciones y consecuencias. Sin embargo, mediante la observación de la causa de una acción y sus consecuencias, en terapia podemos desenredar el entramado del origen y mantenimiento de una conducta. Podemos evitar generalizar la respuesta a otros estímulos, a otras situaciones. Desaprendiendo así para aprender a vivir plenamente, sin la inercia. Sin tanto sufrimiento.

Y así, al menos entre palabras, estoy contigo.

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